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Serra d'Ensitja

L'hora d'esmorzar a La Pleta de la Vila. Primer descans a la Font de l'Orri. Alguns fins hi tot hi van beure i altres ni la van veure. Hem deixat el bosc i la pujada continua forta per el prat. La vista ja es espléndida. La pujada forta s'ha acabat. Son els Rasos d'Ensitja i al fons La Gallina Pelada. Donant la volta al gran embut, deixem el refugi Delgado Úbeda al fons a la dreta. La pujada es suau cap a La Creu de Ferro. Sempre al fons La Gallina Pelada. N'hi han que contemplant el paissatje van quedant endarrerits. Per fi el pic de La Creu de Ferro. L'hora de dinar, el vent era fred i alguns van buscar la protecció del començament del bosc. Sempre al fons el Pedraforca. Repartits en grups gaudiem del àpat i del sol (a ratos). Això si que es baixar rodant per la muntanya. Altres van participar amb gràcia en el joc de les novatades. La Meritxell reb el foulard dels 1000 KMs i, vergonyosa pronuncia unes paraules. La baixada era interessant pel mitg del torrent de les Llobateres. Un pas una mica complicat obligava a anar en compte amb les relliscades i les punxes del tronc. En alguns punts el cami pel torrent era mes dret del que sembla en la foto. Per fi es va convertir en un corril fàcil pel mitg del bosc. Entre els arbres no ens abandonava la vista del Pedraforca. En certs punts no ens podiem confiar. El pas era molt estret. Seguint al nostre guia Reinaldo, vam tornar al torrent. El pedregam no ens va abandonar fins arribar a la pista. 

A la col·lecció "Castells Catalans" de l'editorial Dalmau he trobat aquesta llegenda relativa al Pic del Pedraforca, la vista del qual ens va acompanyar durant tota l'excursió. Tal i com l'he trobat, os l'escric aquí:

«La montaña de Pedraforca, ...en la parte alta de la comarca del Bergadán, a unos 35 kilómetros de la ciudad de Berga, siendo su cumbre una verdadera atalaya desde la cual se domina, desde el mar hasta las regiones aragonesas, las altas sierras del Cadí, parte de la Cerdaña, y las sierras de Carlit, Capsir y Madres, y un horizonte sin límites.

Cuando parecía que todo conspiraba para dar el triunfo a nuestros antepasados, que organizados por el legendario Otger Catalón y sus Nueve Varones de Ia Fama descendían de las montañas y se atrevían ya con las poblaciones contiguas a la Cordillera, cuenta la tradición, fielmente transmitida de padres a hijos, desde aquellas lejanas edades, aunque, por desgracia, actualmente ya se va olvidando, que cierta noche, los habitantes de las cuevas y escondrijos de las inmediaciones de la elevada montaña que bañada por el río Saldes forma como una avanzada de la gran Sierra del Cadí, vieron turbado su descanso por un constante y fuerte ruido de pisadas, de piedras removidas y de gritos. A1 amanecer contemplaron, con asombro y con pavor, que en la cumbre de aquel macizo enorme se levantaba un fuerte castillo rodeado de altas murallas. En una noche el genio del mal había construido aquella inexpugnable fortaleza para tener sujetos a los bravos y temibles montañeses e impedirles descendieran a la tierra baja para hostilizar a los secuaces de Mahoma.

Desde entonces, si algún cristiano se atrevía a transitar por aquel país dominado por el Castillo encantado, caía, inexorablemente, atravesado por las flechas certeras de los misteriosos defensores de la Fortaleza, los cuales, además, verificaban continuas incursiones por las montañas y valles vecinos, limpiándolos de enemigos.

Así transcurrieron meses, tal vez algunos años. Los montañeses cristianos se reconocieron impotentes para apoderarse del castillo y vencer a sus aguerridos defensores. Los pastores, como los otros habitantes de la montaña, han tenido siempre singular veneración para el Arcángel San Miguel, y a este santo guerrero elevaron sus preces a fin de que les librara de aquellos fieros enemigos de su Dios y de su patria. Fue tanta la fe y la devoción que los cristianos pusieron en sus plegarias, que el Arcángel las atendió cumplidamente.

Transcurría la última noche del año. E1 silencio reinaba por toda la montaña cuando, al señalar los astros la última hora de aquel día y la entrada al año nuevo, un ruido ensordecedor despertó a cuantos se hallaban dentro del perímetro de varias le­guas alrededor del Castillo Encantado, y vieron, atónitos, que el Arcángel San Miguel, con rica y brillante armadura, al frente de una legión de ángeles, aparecía en la cumbre del elevado monte, envuelto en un suave y misterioso resplandor y extendiendo su rutilante espada golpeaba con ella los muros de la fortaleza. Acto seguido se produjo un ensordecedor y largo trueno, como si estallaran las montañas, Moixeró, Pedraforca, en Cija, Rasos de Peguera, Queralt, EIs Tossals, La Quar, La Guàrdia i Serrateix; i tants i tants daltres...» (César August Torras, Pirineu Català. Bergadà; Valls altes del Llobregat) haciendo temblar todo el Pirineo, a la vez que se percibía el ruido de grandes peñascos que se derrumbaron por las vertientes y una densa nube de humo cubría todo aquel imponente macizo.

Al amanecer del nuevo día, primero de año, el Castillo, que aún en el día anterior se levantara amenazador en la cumbre de la montaña, había desaparecido y, en el lugar que había ocupado, aparecía una inmensa escotadura flanqueada por dos largas y altivas puntas enhiestas, simulando los dos postes de una horca (forca) gigantesca. Desde entonces aquella alta montaña se conoció por el nombre de Pedraforca.

». . .Desde la fecha en que tuvo lugar aquel gran cataclismo, el día último de todos los años, festividad de San Silvestre, los vecinos de Saldes, Gósol y otros pueblos, caseríos y masías de las inmediaciones de la montaña, al filo de la medianoche, entre el silbido del viento y el ruido producido por el derrumbamiento de las grandes masas de nieve que se precipita por las canales de la montaña, oyen, temerosos, surcar el aire bandadas de seres extraños, envueltos en negros mantos, cabalgando en secos leños y produciendo infernal algarabía de aullidos y de rechinar de dientes. Al iniciarse la aurora del nuevo día, festividad de la Circuncisión del Señor, aquel enjambre de seres estrafalarios huye rápidamente de aquel lugar profiriendo escalofriantes aullidos, dispersándose por el resto del país: Son las célebres Brujas de Pedraforca que, después de celebrado consejo, regresan a sus hogares para proseguir en sus maleficios, en sus intrigas y en sus maldades y sembrar la discordia entre los mortales. Esa es la leyenda de la montaña de Pedraforca, de su Castillo encantado y de sus brujas.

».. .siguen los naturales del país estremeciéndose en sus moradas al dar las doce de la noche de la festividad de San Silvestre, último día del año, recordando aquella tradición que aprendieron de labios de sus padres y de sus abuelos, como éstos la recogieron de labios de los suyos. Y no solamente en dicha fecha recuerda el montañés aquella tradición, sino que no falta nunca algún hijo del país que durante el año, al transitar por las laderas de la montaña, entre el enorme montón de piedras que los aludes de la nieve han arrastrado cuesta abajo, halle alguna piedra sillar, con apariencias de haber sido labrada, y que asegure, convencidísimo, que procede de los gruesos muros de lo que fue el Castillo encantado de Pedraforca» (José M.» Vi­Iardaga Pujal, Leyendas medievales de Cataluña —Barceloria, s. d.—, pàgs. 71-75).

 

 

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